Adán

 

Antonio me cayó bien desde el principio. Un tipo simpático, sin aristas, una de esas personas con las que resulta agradable estar y compartir unos tragos.

 

Bebía. Perdió el trabajo en el banco. Perdió a su mujer y a sus dos hijas.

Bebía. La gente del barrio habló. Dijeron que fue culpa de la suegra, una metomentodo. Que él nunca le gustó.

Bebía. Regresó a su pueblo, uno de la Sierra de Cádiz. Durante un tiempo malvivió en la casa de sus padres. Después la vendió por lo primero que le ofrecieron. No fue suficiente, nunca es suficiente.

Antonio murió hace unos años. Murió. Un vagabundo menos.

Dejó mujer y dos hijas. A veces se despertaba a media noche sin saber donde estaba. A veces las recordaba. Y brindaba por el recuerdo del paraíso perdido.